La culpa…

Pareciera instintiva esa reacción que tenemos de buscar culpables ante la tragedia. Cuando pasan cosas difíciles, desagradables, dolorosas, inesperadas y que afectan nuestra vida de forma negativa, muchas veces o casi siempre, la reacción que tenemos es culpar. Apuntamos con el dedo a veces para afuera, a veces para adentro, a veces para arriba. Acusamos a los otros, a los perpetradores, a los extranjeros, a los de etnia diferente, a los que viven de otra forma, a los que nos hicieron daño, a la televisión, a las drogas, a la sociedad, a nuestros padres, a nuestra pareja, en fin, a quien en apariencia tenga la culpa según nuestra realidad. Cuando no hay a quien señalar afuera, nos culpamos a nosotros mismos y si esto no es posible, culpamos a Dios. A veces incluso nos las ingeniamos para tener una perfecta combinación de todas las opciones.

La culpa nos invade ante la crisis, ante eventos o situaciones dolorosas que emocionalmente no logramos atravesar o asimilar. ¿De qué nos sirve esta culpa que pareciera venir tan naturalmente? Como muchos mecanismos patológicos de la psique, nos ayuda a sobrevivir, aunque esto sea completamente paradójico. Nos ayuda a sobrevivir porque nos ayuda a evadir la verdadera emoción traumática que acompaña al evento o eventos dolorosos que estamos atravesando. La culpa viene como resultado de juicios, acusaciones, críticas, que están en nuestro pensamiento. Cuando hay una emoción que para nosotros es insoportable, nuestra psique trata de escaparse de la emoción y se conecta con el pensamiento de forma negativa. Por ejemplo, es mejor si me ocupo con la acusación, para no sentir el profundo dolor, miedo, desesperanza, pérdida, etc. Como mecanismo es, en un primer momento, una forma de escapar del sufrimiento, que de alguna manera nos permite lidiar emocionalmente con el impacto de la situación, aunque no sea de una forma sana.

Sin embargo, a través del tiempo, este mecanismo que nos ayuda en un inicio, se vuelve en sí mismo una fuente de sufrimiento. La culpa nos ancla y no nos permite seguir adelante. Se vuelve una cadena ataja a nuestros pies y parece que arrastramos una piedra gigantesca. Cuando culpamos a otros, negamos nuestra propia responsabilidad sobre nuestras emociones y sobre hacer el trabajo de superar el trauma, aunque no hayamos sido los que hicieron el daño. Nos quedamos esperando ser indemnizados por nuestro sufrimiento y no logramos estar bien hasta que los culpados paguen. Nos volvemos víctimas y allí nos paralizamos esperando que alguien más repare por nosotros.  Vivimos de la mano de la rabia y del rencor, tratando de no ver y sentir lo que está detrás y que es lo que realmente debemos resolver. No vemos que, aunque no haya estado en nuestras manos lo que pasó, si está en nuestras manos cómo reaccionamos, qué hacemos de nosotros mismos como resultado de lo que pasó.

Cuando nos culpamos nos atacamos, nos castigamos, nos juzgamos a veces de formas muy severas y nos metemos zancadilla cuando las cosas mejoran, porque como culpables que somos, no merecemos. Nos quedamos dando vueltas en los problemas, huyendo y volviendo a encontrar aquellos de lo que nos estamos culpando. Tratamos de escapar del sufrimiento a través de la culpa, condenándonos a encontrar lo mismo una y otra vez. Así tampoco podemos avanzar, soltar y mucho menos perdonarnos, porque según esta forma de vida, no merecemos nada que se parezca a la felicidad. Entonces cuando vienen cosas buenas, no las podemos tomar, ver o disfrutar.

En nuestro no camino a veces culpamos a Dios, a ese ser que se supone debería librarnos de todo mal y resolver nuestros problemas antes de que pasen. Perdemos de vista el aprendizaje que viene con la crisis, y nos negamos al salto evolutivo que podemos dar a través del sufrimiento. Lamentablemente a veces necesitamos estar mal, para salir de nuestra esquina que es tan cómoda. Eso no quiere decir que nos lo merezcamos (no se tata de regresar a las auto acusaciones), simplemente la vida es dinámica y muchas veces con situaciones difíciles también viene una gran oportunidad de cambiar y volvernos una mejor versión de nosotros mismos, si nos lo permitimos. Cuando culpamos a un ser supremo, nos desconectamos de nuestra espiritualidad, rompemos nuestra alianza con los más profundo, genuino y sabio de nosotros mismos. Nos negamos acceso al amor, la creatividad, la intuición, y a la guía más genuina que tenemos para nuestro camino de vida. Cerramos los ojos a la luz y elegimos una vida en oscuridad, sobreviviendo en lugar de viviendo.

Pareciera que la culpa es un mecanismo emocional que no nos lleva a ningún lado, que nos arrastra al pasado o nos deja congelados en los momentos terribles. Desde allí ya no vemos lo bueno, nos quedamos ciegos a las posibilidades frente a nosotros. Está bien de vez en cuando preguntarnos, ¿Qué papel está jugando la culpa en mi vida? Tal vez estamos perdiendo de vista el horizonte, que es hermoso y está lleno de oportunidades que nos permitan alcanzar lo que realmente queremos, incluyendo finalmente resolver lo difícil y reconectarnos con la belleza, sin culpa, sin cargo, simplemente porque es nuestro  derecho.

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