Cuidado con la nostalgia

Nuestra mente tiene muchas formas de protegernos de la realidad. Todos, absolutamente todos, tenemos trauma en nuestra historia, por supuesto que para unos fue mas severo que otros, aunque aun no he conocido a nadie que haya tenido una infancia perfecta, sin experiencias difíciles. A veces fueron situaciones terribles como guerras, abusos, abandono, muerte; a veces se trata de situaciones más sencillas, como una caída o haberse perdido en el supermercado por unos minutos.

En cualquier caso, hablamos de experiencias que no pudimos procesar en ese momento, cuya emoción se quedo congelada en nosotros y sigue exactamente igual con el paso del tiempo. Entonces cuando algo se parece a esa experiencia difícil, nos surgen como adultos emociones desproporcionadas, como si fuéramos pequeñitos otra vez y estuviéramos ante la vida indefensos y sin recursos. Nos sentimos abandonados por nuestra pareja, nos sentimos insignificantes ante el insulto de un jefe, nos sentimos atrapados y sin opciones ante problemas comunes de la vida, nos descontrolamos emocionalmente y gritamos o lloramos, casi como cuando éramos niños y no podíamos contener nuestro enojo y frustración. Es como si una parte de nosotros se hubiera quedado niño, bebé, adolescente, o congelado en ese trauma.

A veces es algo que pasó en nuestro desarrollo y que nunca logramos resolver completamente. Un paciente viene a la consulta aburrido de encontrar una y otra vez parejas que son incapaces de estar presentes en la relación, que se ausentan ya sea porque viven lejos, porque emocionalmente están desconectadas, o porque tienen varias parejas. Se enamora y vive una y otra vez la sensación de fracaso y abandono cuando no funciona, cuando está en segundo plano otra vez y da más de lo que recibe. Pareciera una condena que se repite de muchas maneras, con distintas personas. Indagamos en su historia hasta encontrar que su madre era una persona emocionalmente ausente, que mantenía varias relaciones simultáneamente y era incapaz de estar presente para sus hijos o su esposo. El como hijo trataba de llamar su atención y ganarse su amor, cada vez para encontrar que el trabajo y otros hombres iban antes que él. Como muchos en esta situación, se pasa la vida buscando el amor de su madre en sus parejas, encontrando siempre lo mismo, ausencia, abandono, estar en segundo plano.

Nuestra psique anhela lo que no pudimos tener, lo que no resolvimos, lo que nos faltó en la infancia, cuando estamos en la etapa de apego, de formar una dependencia sana con quienes nos cuidan. En nuestra nostalgia de lo que no fue, vamos creando esta fantasía inconsciente de unos padres perfectos, que nos dieron o podrán darnos lo que necesitamos y entonces volvemos a buscarlos y nos volvemos a encontrar con lo que son, y no con lo que queremos que sean. Y como no encontramos eso que deseamos en nuestros padres, nos pasamos la vida buscándolo en nuestras relaciones de pareja, en nuestro trabajo, en nuestros amigos y hasta en nuestros hijos, pero repetimos la misma historia una y otra vez en un ciclo que parece no tener fin. Esto es así en mayor o menor medida para todos, para todo lo que no pudimos resolver en su momento y quedó grabado en nuestra psique como traumático. Esa nostalgia de lo que pudo ser nos condena a vivir nuestro trauma una y otra vez en infinitas y multiples variaciones. A veces de forma literal, como volver a permitir el mismo abuso de un padre violento una y otra vez, o a veces de forma metafórica, como acusarnos a nosotros mismos con las mismas palabras que lo hacia nuestra madre, por ejemplo.

Otra paciente, una joven fuerte y resiliente, recuerda en terapia que uno de sus padres padecía de un trastorno severo y había intentado matarla en varias ocasiones, cuando era pequeña. Como consecuencia tiene en su vida un patrón de desconfianza y miedo al relacionarse con otras personas. Se encuentra constantemente en posiciones difíciles donde es atacada y necesita defenderse, pero se paraliza. Generalmente repite este patrón en un ambiente laboral. Conforme vamos trabajando en el tema logra ver cómo las personas con quienes tiene estos problemas, normalmente le recuerdan de alguna manera a su pasado. Sin darse cuenta, vuelve al intento de poder confiar y apoyarse en otros, solo para encontrarse con peligro y ataques, así como cuando era niña. Como es natural ansiaba padres que la pudieran amar, sostener, acompañar. Sin embargo la realidad fue otra, y se pasó parte de su vida buscando ese ideal en quienes la rodeaban, solo para volver a encontrar lo mismo que tuvo, de manera simbólica.

Realmente perdemos nuestra libertad con mucha facilidad y sin darnos cuenta. Al elegir nuestra vida pareciera que volvemos a nuestras raíces, y si las olvidamos o las tratamos de negar, es como si nos arrastraran irremediablemente para atrás. Una de las metas más complicadas en terapia es aprender a ver la realidad tal y como es, dejando nuestra nostalgia, nuestros anhelos y nuestras expectativas fuera de nuestro campo visual. Como trata de explicarnos Joan Garriga, ver la verdad y asentir a ella, ver en nuestros padres la luz y tomar eso de ellos. Aunque hayan sido terribles, nos dieron la vida y eso es suficiente. Tomar a nuestros padres no quiere decir estar físicamente cerca o relacionarnos con ellos si es dañino o peligroso para nosotros. Es tomar lo que nos pudieron dar y estar en paz con esa realidad. Tomar lo que fue, como fue y listo. Sin fantasías, nostalgia de lo que no fue, anhelos o expectativas. ¿Fácil no?

 

 

 

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