Ojos nuevos

Hace dos días mi hijo pequeño descubrió por primera vez el otoño: con su dedito señalaba cómo caían las hojas con las pequeñas ráfagas de viento, los colores en los árboles, las formas y la textura de las hojas secas en el suelo, los ojos llenos de sorpresa, fascinados, sorprendidos, nuevos… hermoso. Algo se encendió en su mirada, el miraba las hojas, el cielo, los árboles, yo miraba su ojitos, su expresión, yo también fascinada.

Tantas cosas, el reloj, la compu, el monitor cardíaco, la taza con el logo que nos gusta, la tele, cosas, cosas, cosas. Me doy cuenta que conforme van pasando los años, me saturo, me enojo incluso cuando me regalan más cosas, cosas que no necesito, que debo estar chequeando, actualizando, instalando, que no aportan mayor cosa a mi vida, más que tomarme tiempo que podría invertir mejor viendo las hojas caer, tomando un taza de café, leyendo un buen libro. Conforme más sano, quiero menos cosas. No tengo nada en contra de tener, por supuesto que me gusta la comodidad de un buen sillón, los recordatorios de mi teléfono, mi taza con una brujita… pero para mi, una es suficiente. No necesito muchos relojes, todos hacen lo mismo. Se siente bien dejar de ir necesitando, se siente liviano, libre, relajante.

Una de las lecciones más importantes que creo que venimos a aprender a esta vida es el desapego, que es tan difícil viviendo en un sociedad donde te tratan de vender cosas en todos lados, de convencerte que todo es necesario, que tu vida está incompleta sin esa cosa tan increíble. Donde comprar es tan fácil como mover el dedo de izquierda a derecha sobre la pantalla del teléfono. Al final nunca es suficiente, porque la plenitud no está afuera. No podemos desapegarnos, si no sanamos. Desapegarnos tampoco significa venderlo o regalarlo todo e irse a vivir a un carpa en medio del Amazonas. Es elegir, elegir sin necesitar, elegir estar en la relación de pareja, sin depender, elegir tener algo o hacer algo sin sentirse obligado, en libertad, con liviandad y alegría profunda. Como mi hijo con sus hojas. ¿Será que podemos regresar a eso?

Lo que me queda claro es que en ese momento, no necesité, no quise nada más que estar allí, con esa plenitud y paz, viendo el otoño con mis hijos, estando en mi hogar. Como si ellos por un momento, me prestaron sus ojos.

 

 

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