Las “cosas” que ven los niños…

Este tema me dio temor por algún tiempo, en mi infancia muchísimo y ese miedo resonó en mi cuando mis hijos nacieron y comenzaron a poder expresarse. Lo he escuchado de amigas con niños pequeños y de algunos pacientes. Decirlo con un poco de vergüenza y un poquito de temblor en el corazón: creo que mi hijo ve “cosas”. Esas cosas son algo que no sé que es, que no quiero nombrar, que yo no veo y que no sé como manejar. En general la reacción de los adultos es la misma que recuerdo de mi infancia; negarlo, ignorarlo, desestimarlo y cuando es mucho o el adulto se asusta de verdad, regañar o prohibir.

Como adultos apelamos a nuestros mecanismos más primitivos cuando nos sentimos amenazados o creemos que nuestros hijos están el peligro: lucha o huida… o a veces incluso nos paralizamos. Esto se traduce en reaccionar como lo hacemos, que sería lo más biológico y natural ante algo que desconocemos, que no vemos, que no sabemos qué es.

A muchos nos ha pasado que nuestros hijos ven al “vacío” y saludan con su manita, o se rien como se rien cuando alguien les hace payasadas, pero no hay nadie allí. O señalan como queriendo decir que hay algo allí, o lo peor, se asustan viendo algo que nosotros no vemos y nos agarran fuerte o nos buscan asustados. Generalmente esto pasa antes de los 4 años más o menos, cuando no hay filtro, no hay prejuicios, no hay lenguaje, no hay ego. Los chiquitos a esa edad, aun no saben qué existe y qué no, no han aprendido a categorizar, organizar, elegir qué es real y qué no.  Aún no se ha empezado a formar el ego, que es quien cumple todas esas funciones.

Por supuesto que esto también quiere decir que los niños no saben distinguir entre fantasía y realidad, y ya sabemos que el cerebro no puede diferenciar entre lo que vemos o imaginamos. Pero hay ciertas reacciones que no parecen imaginarias, a veces el instinto nos dice que se trata de algo más. Hace algunos años una amiga sufrió la muerte de su abuela que era una figura muy importante en su vida. Inmediatamente después de eso, su hijo que tenia 2 añitos, comenzó a saludar y reírse con alguien que no estaba allí, en la sala de su casa. La fui a visitar y me lo comentó preocupada y asustada. Solo pude decirle que si se estaba riendo, probablemente estaba todo bien. Muy adentro sentí la presencia de su abuela, no sentí nada malo o denso, y a los pocos días dejó de pasar. ¿Casualidad?

No me parece casual que los niños dejen de percibir cosas que parecen no estar allí después de los 4 o 5 años, que es precisamente cuando el ego comienza a formarse, y comenzamos a tener la capacidad de hablar, categorizar y demás funciones que nos serán vitales en la vida. No estoy hablando de los amigos imaginarios, aunque a veces algunos “amigos” no son tan imaginarios. No se trata de asustarse y creer que nuestros niños andan viendo espíritus o quién sabe que cosas, sino de reconocer que existe la posibilidad de que haya algo más de lo que podemos ver y tocar. Que nuestros hijos que no tienen barreras mentales aún, tal vez puedan ser capaces de percibir más allá de los 5 sentidos.

Algunos de nosotros tenemos que hacer un viaje profundo y doloroso en  nuestra vida para poder volver a estar en contacto con estos dones espirituales que tenemos de manera innata, pero que son censurados y olvidados por la mayoría. Es como el viaje del héroe que se va de su pueblo natal en un viaje largo, lleno de obstáculos, aprendizaje y guías, solamente para volver y enseñar a otros lo aprendido. Pero no vuelve igual por supuesto, vuelve sabio, viendo su vida y la de otros desde una nueva perspectiva. Entiendo que cada uno tiene su propio camino, que cada uno debe aprender sus propias lecciones y atravezar su propio destino. Sin embargo esto no es tan fácil cuando se trata de nuestros propios hijos.

Viéndolo desde un plano de crecimiento espiritual, ¿qué pasaría si en vez de rendirme al miedo, puedo resolver mis propios temores, contactarme con mis propios dones y validar e incluso orientar de la mejor manera que pueda a mi hijo, especialmente cuando en la noche me dice que ve una sombra sentada al pie de su cama y por eso no puede dormir? ¿si en vez de decirle que se calle y que se duerma, valido su experiencia y le doy herramientas para que maneje la situación y no tema? Encontrar la forma correcta para cada situación, sin escapar o atacar, de manera que mi hijo pueda desarrollar estos dones que le han sido dados (por algo será), en vez de solo apagarlos y acallarlos, puede que facilite su camino y no tenga que viajar tan lejos para reconectarse.

No pretendo que por esto mis hijos sean excepcionales, porque he visto que muchos niños tienen este tipo de experiencias. Pero cuando nos vence el miedo nos enredamos en la indiferencia, los juicios y el rechazo. Esto nos estanca, nos limita y nos desconecta de nuestra espiritualidad, de la espiritualidad que podemos enseñar a nuestros niños. Cada uno es diferente, cada experiencia es diferente, y si la nuestra fue negativa, probablemente vamos a reaccionar mal. Si pudiéramos emprender este camino para resolver lo que sea que haya que resolver, y ver con ojos de amor las cosas que no entendemos, tal vez nuestras soluciones sean mejores y más asertivas.

Este camino no es fácil… nunca es fácil, seguro va a ser positivo. Se vale pedir ayuda.

 

 

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