Los papás tienen la culpa

En psicología pareciera que la culpa de todos nuestros males es de los padres, sobre todo de la madre. Ya sea que hayan estado demasiado presentes, ausentes, a medias, hayan sido agresivos, pasivos, inestables, o ni siquiera los hayamos conocido, pareciera que al buscar el origen de los problemas, en algún momentos llegamos a tener que explorar nuestra relación con nuestros padres.

Hace algunos años apareció la teoría de Apego que nos habla de cómo las primeras relaciones con nuestros cuidadores de la infancia, nos determinan para el resto de nuestra vida. Cómo puede ser de dañino o beneficioso para un niño tener una figura de apego en los primeros años y las consecuencias que esto luego tiene en todos los aspectos de su vida. Inevitablemente en la clínica en algún momento debemos tocar el tema de los padres. No es lindo darse cuenta que estamos repitiendo muchas cosas que hemos rechazado de ellos. Por ejemplo un padre que se ausenta emocionalmente estando metido en su celular cuando llega a casa, no pone atención a sus hijos y evade relacionarse con ellos. Resulta que su padre se fue cuando era pequeñito y nunca volvió a saber de él. Así como su padre lo abandonó, ahora se ausenta de la vida de sus hijos.

Así vivimos entre miles de repeticiones, donde pareciéramos condenados a repetir e imitar las conductas de nuestros padres que más daño nos hicieron, ¿por qué? ¿Por qué si sabemos que nos marcaron de una forma tan negativa, las repetimos? Le paramos gritando los mismos insultos a nuestros hijos, terminamos con los mismos problemas de salud a cierta edad, buscamos incluso parejas que se parecen a ellos o que nos hacen las mismas cosas que ellos se hacían. Una paciente tuvo un padre excesivamente controlador y narcisista. Sus novios eran relajados, bondadosos y hasta inocentes, pero se casó con uno que tras los primeros meses de matrimonio, se fue develando como un hombre controlador, egoísta, altanero, mentiroso, y muchas otras características que le parecían aterradoramente familiares. Por obvio que parezca para quien lo ve de fuera, la mayoría de personas no se dan cuenta sino hasta trabajar un poco en el tema, que su pareja es “igual” a su papá, mamá o una perfecta combinación de ambos.

Cuando somos pequeños, vemos la vida a través de nuestro núcleo familiar, los que están y los que no. Aprendemos con nuestra familia cómo es el mundo, cómo son los hombres, la mujeres, cómo se supone que deben ser las relaciones de pareja y cómo los demás nos ven. Vemos nuestro reflejo en los ojos de las personas que nos cuidan. Si nos ven con desprecio y nos gritan, aprendemos que no valemos y somos despreciables. Si nos ven con ojos de amor, orgullo y nos felicitan cuando hacemos las cosas bien, aprendemos que merecemos ser amados, valemos y somos capaces. Si nuestros padres se pelean todo el tiempo y parecieran odiarse, aprendemos que así son las relaciones de pareja y probablemente busquemos a alguien que repita con nosotros ese aprendizaje. Enfin, buscamos de manera inconsciente recrear eso que aprendimos en nuestra primera infancia, como algo normal en el desarrollo. Esto no suena muy esperanzador porque además seguramente nuestros padres están repitiendo patrones de sus propios padres y esta línea de repetición generacional sigue quién sabe hasta cuando.

Después de darnos cuenta de las cosas que sin querer estamos replicando, después de asimilarlo (porque no es fácil), podemos elegir. En realidad no es nuestra culpa, no es culpa de nuestros padres, pero si como adultos tenemos la responsabilidad de parar. Siempre podemos elegir qué es lo que queremos para nuestra vida, y qué queremos que nuestros hijos aprendan en nuestros hogar. No es cuestión de culpar sino de hacerse responsable de cambiar, de elegir mejor, de buscar otras opciones. Al final es parte de nuestro aprendizaje en este mundo. Por algo nacimos en la familia que nacimos, algo debemos aprender de ella, pero este proceso de aprendizaje y crecimiento solo se da cuando yo lo decido y dejo de culpar a mis padres. Fritz Perls nos dice que maduramos cuando dejamos de culparlos.

Cuando culpo me lavo las manos de mi propia responsabilidad. Por supuesto que es más fácil hacer eso, que verme en el espejo y asumir mis propias decisiones, aunque estas hayan sido inconscientes. No es placentero para nadie darse cuenta que estamos siguiendo los pasos de nuestros padres, cuando se trata de cuestiones negativas o actitudes que nos dañaron, pero es un primer paso hacia la verdadera libertad.

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