Espejito, espejito

Finalmente todo parece estar bien, en equilibrio, en su lugar y de repente… un hijo, dos o tres… cada uno trae consigo un espejo. No es un espejo común y corriente, es un espejo donde se ve la sombra. Cuando nos vemos en él, vemos nuestra sombra. También mucha luz, pero lo que nos desequilibra no es el amor.

Por supuesto que no todos los embarazos se dan en un ambiente de alegría, planificación y amor, eso lo sabemos. Sin embargo varias veces he escuchado que todo parece ir bien en la relación y al nacer un hijo (primero, segundo,…) todo pareciera estar de cabeza. O personas que han encontrado un punto de equilibrio en su proceso de sanación personal y pareciera como que finalmente han sanado lo suficiente, pero todo parece venirse abajo con la presencia de estos minúsculos gigantes. Como que algo se dispara, como si estos bebés trajeran la capacidad innata de develar secretos y verdades negadas en lo personal, las parejas y las familias.

Enric Corbera nos dice que los niños no se enferman solos, nosotros los enfermamos. ¿Cómo puede ser posible insinuar esto a padres que tienen un hijo enfermo con cáncer?¿o que nacen con un defecto del corazón, o han sufrido alergias terribles desde su primer día en este mundo? Importantísimo agregar que no es a propósito. Es difícil estar de acuerdo con esta frase que más parece una acusación simple y directa, que muchas personas leen como si se hablara de un castigo por la mala conducta de los padres. Ese no es su sentido en lo más mínimo. Detrás de su simpleza hay una gran profundidad.

Que nuestros hijos se enfermen no es nuestra culpa. Que sean bebés más miedosos de lo normal, que sean demasiado activos o se la pasen con gripe, tampoco es nuestra culpa. Aunque cuando mi hijo se tiraba en el piso a hacer berrinche en medio del supermercado a los dos años, pareciera que muchas personas me culpaban con su mirada (y a veces más explícitamente). El tema es que cando las cosas no van bien, no son perfectas, cuando los bebés lloran en la madrugada por dos horas porque les duelen las encillas, cuando se enferman y pasamos una eternidad en el hospital viendo como les meten agujas en sus bracitos, cuando se apoderan de nuestra cama y estamos tan cansados que hasta besar a nuestra pareja es difícil, nos disparamos con nuestras propios temas no resueltos y todo se vuelve peor.

“Casualmente” las dificultades que tienen nuestros hijos se parecen a esos traumas, o a los traumas de las generaciones que estuvieron antes de nosotros y vienen a remover toda la basura que tenemos compactada bajo nuestros pies. En mi caso por ejemplo fueron las alergias. Mi hijo nació con alergias bastante fuertes, que le provocaban reflujo y vómitos muy violentos, un sistema inmunológico frágil que nos llevó al hospital un par de veces cuando era bebé y por supuesto mucho llanto (mio y de él). Los primeros meses fueron difíciles, de médicos y medicamentos sin resultados. “Casualmente” yo tuve problemas severos de alergias cuando nací y durante toda mi infancia, un tema que había trabajado poco en terapia. Claro que fue un disparador para mi, y para mi esposo por sus propios temas.

Es un círculo: el niño sintomatiza nuestros traumas o problemas no resueltos (o de la familia) y nos disparamos, lo que promueve el síntoma del niño, que empeora y nos disparamos más. Así hasta que logramos resolverlo. El problema es cuando llevamos a nuestros hijos al doctor o al psicólogo y esperamos que los compongan sin nosotros hacer más que pagar las sesiones o la consulta. Por supuesto que ese apoyo es importante, pero el síntoma que el niño tiene en forma de mal carácter o enfermedad, no va a ceder hasta que nosotros trabajemos por resolverlo en nosotros mismos. No es un síntoma del niño, es un síntoma de los padres o de la familia. No fue sino hasta que mi esposo y yo empezamos a trabajar nuestros temas que nuestros chiquito empezó a realmente mejorar. Fuimos a terapia, a constelaciones familiares, lo llevamos a él al médico por supuesto y a terapia Reiki para descargarlo un poco. Sus síntomas no eran casualidad, eran nuestros traumas no resueltos convertidos en enfermedad: una metáfora perfecta, como lo es generalmente cuando se trata del cuerpo.

Es difícil ver y admitir esto, porque nos culpamos como padres y porque debemos estar dispuestos a aceptar que es nuestra propia sombra en ese espejo. No es nuestra culpa, pero como adultos si tenemos la responsabilidad de asumirlo y resolverlo. Al final es un gran regalo, ese sentirse abrumado, la desesperación, impotencia, culpa y hasta desesperanza que sentimos cuando nuestros hijos están enfermos o son insoportables, son una oportunidad para sanar, para mejorarnos, para evolucionar. Así que este camino sigue, cada vez habrá nuevos disparadores que nos gritan que debemos resolver algo, justo cuando nos acomodamos en nuestro sillón a descansar un rato.

 

 

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