El perdón

Es complicado perdonar.

Crecí en hogar  católico donde el perdón es una obligación espiritual, que se debe dar como un regalo a la persona que hace daño, y que aparentemente sabemos dar únicamente por ser católicos. Un buen cristiano sabe perdonar, pone la otra mejilla y perdona. Como si fuera un acto de magia… algo que espontáneamente sabemos y debemos hacer. Al menos así lo entendí por mucho tiempo. Por supuesto que se da por sentada la voluntad de perdonar. ¿Qué personas horribles no tienen esa sagrada voluntad?

Pero es complicado perdonar, es difícil, es doloroso y a veces es inconcebible. Muchas veces escuché historias donde una persona muy lastimada dejó de ir a su terapia porque el terapeuta usó las palabras “debes soltar y perdonar” con soltura y demasiado temprano en el proceso, como si fuera algo lógico y obvio, algo que la persona tiene que hacer para poder seguir adelante con su vida. Cuando una persona perdió un hijo, fue abusada sexualmente por un ser querido, sobrevivió una guerra, fue violada, fue secuestrada, envenenada, le arrebatron algo o a alguien, etc, lo que menos tiene es ganas de perdonar.

Lo que si abunda es culpa. Lo que me pasó es culpa de alguien, tiene que ser culpa de alguien, si no puedo culpar a nadie, es culpa mía y si eso tampoco funciona, es culpa de Dios. A veces cuando se complica la cosa (casi siempre), es una combinación de las tres. La culpa, si bien es absolutamente inservible, es una de las emociones que más difícilmente superamos, una de las paredes más duras con la que nos chocamos una y otra vez. Detrás de esa inmensa pared está el hada del perdón, que no  va a mover un dedo por nosotros hasta que aprendamos a llegar a ella.

A veces lo que pasa no tiene que ser desastroso para que nos cueste perdonar. Digamos que nos peleamos con nuestra pareja porque nos pareció pesado en algo que nos dijo. Discutimos, hacemos las pases y en teoría se asume que hemos perdonado. Sin embargo a la siguiente discusión por algo similar o algo que no se parece para nada, le reclamamos medio sin querer, medio a propósito, esa otra vez que nos habló mal. ¿Dónde quedó el perdón? Cuando el perdón es genuino, cuando realmente lo damos completamente, no se puede retractar o borrar. Cuando eso pasa es porque nunca hubo perdón de verdad. Esto provoca enojo en muchas personas, darse cuenta que después de haber hecho un gran esfuerzo por perdonar, después a veces de años de terapia, de incluso hacer cosas para perdonar que provocaron dolor porque iban en contra de la culpa, el odio y los deseos de venganza, después de todo, el perdón no era real. Era una fantasía, una cortina de humo y con el disparador correcto volvemos a sentir todo ese enojo y dolor otra vez.

Cuando una persona dice que perdona, pero lo hace desde un lugar de superioridad donde pone en desventaja al considerado culpable, tampoco dura mucho, tampoco es real.”Yo la víctima te perdono desgraciado, porque soy mejor que tú”. La tortura interior de culpar, doler y odiar, sigue allí por más tierra que le echemos encima y eventualmente vuelve a encontrar su camino a la superficie. Tenemos tantísimas resistencias inconscientes a perdonar de verdad. Nos sirve de mucho culpar, nos permite exigir resarcimiento, nos permite permanecer atados a relaciones disfuncionales, nos permite castigar al otro, cobrar la misma deuda mil veces, no enfrentar nuestros dolores más profundos, no hacer el trabajo espiritual que implica perdonar… Al final la llamada víctima también logra adquirir mucho poder a través de la culpa y esa cosa que llamamos perdón, pero no lo es en realidad.

Creo que el truco está en sanar. Una persona que quiere perdonar sin sanar antes, está perdida en un laberitno sin salida. Perdonar no significa hacerme la mejor amiga del asesino de mi hijo, ni amar a mi papá que borracho abusaba de mí en la infancia, ni visitar todos los días a mi madre que me despertaba con una plancha caliente a media noche para quemarme sin que los demás se dieran cuenta (todas historias de pacientes). No significa recibir con los brazos abiertos a las persnas que nos han dañado, ni olvidar lo que pasó, no es sinónimo de olvidar a las personas que perdí o hacer como si todo estuviera perfecto. Perdonar al final es recordar sin dolor. Si yo puedo recordar sin dolor, sin enojo, sin culpa, sin odio, entonces he perdonado. Pero para eso es necesario sanar primero y a veces hasta desarrollar el perdón como una cualidad que muchas veces nunca tuvimos la oportunidad de aprender.

El perdón es una cualidad que viene del amor, como la compasión. En eso tienen razón las religiones, es una cualidad espiritual. Entonces el camino que nos lleva a perdonar, es una camino psicológico, emocional y espiritual. Por eso es tan difícil y tan profundo, porque abarca la totalidad de nuestros Ser. Cuando perdono, no necesito estar cerca del objeto de mi perdón, pero puedo pensarlo sin emociones perturbadoras. Puedo honrar a esa madre terrible, solamente por haberme dado la vida, sin reclamarle por todas sus torturas. Puedo aprender algo de mi experiencia, algo que me hace mejor persona, más empática, más sabia, más resiliente. Puedo dejar de exigir resarcimiento, porque puedo pararme en mis propios pies, gracias a lo que he aprendido y superado. Puedo apreciar a las personas que he perdido y recordarlas con amor y alegría, sin romper en llanto cada vez que veo sus fotos o cuento su historia, puedo  ver hacia la vida llevando mis experiencias traumáticas como experiencias que me hacen un ser más completo y me permiten cumplir mi misión en este mundo.

No es fácil, no es rápido, si es una decisión. Vale la pena.

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