Tan fácil que es odiar…

Odio, una palabra tan fuerte y tal vez hasta suena exagerada. Pasé mucho tiempo de mi vida pensando que era incapaz de odiar, que en realidad no odiaba a nadie, no de verdad. ¿Cómo puede ser posible que una niña, una adolescente, una mujer en una sociedad donde la mujer debe ser buena y amorosa, sea capaz de un sentimiento tan despreciable?

Muchas veces, porque somos humanos y necesitamos sobrevivir, nos desconectamos de nuestras emociones más dolorosas. Cuando pasan eventos traumáticos que no podemos digerir, que se quedan congelados en nuestra mente, en nuestro cuerpo, en nuestra alma, nos desconectamos. Porque estamos vivos, es inevitable que tarde o temprano suframos traumas . Nuestros papás aunque hayan sido el ejemplo de amor, son imperfectos. Nuestra infancia es imperfecta y llena de tropiezos, toda nuestra vida es así. Unos más, otros menos, tenemos cosas que nos dejan atados al pasado, que nos encadenan a cumplir el destino de nuestros antepasados o a repetir nuestra mismo destino una y otra vez. Enric Corbera nos dice que no somos libres, que nuestra libertad es básicamente una fantasía y en realidad estamos condicionados a todo nivel por nuestra psicogenealogía, nuestro árbol familiar, nuestra historia.

Hablando de esto con mis alumnos una vez, uno me preguntaba dándose cuenta de algo importante de su historia familiar, ¿Cómo puede ser que repita los traumas de mi bisabuela si no la conocí? Claro, cómo es posible, si no los viví, no los vi, ni siquiera los escuché hasta que empecé a indagar. ¿Como puede ser que esto esté guardado en mi inconsciente como trauma que yo repito? Jung nos habló del inconsciente colectivo que sugiere más trauma que la familia, habla de toda la humanidad. Constelaciones Familiares nos habla del Alma Familiar, Descodificación de Enfermedades nos habla de psicogenealogía. Cada vez más estudios demuestran la influencia del trauma en cambios en nuestro ADN, que se transmiten de generación en generación.

¿Pero quien quiere esta herencia tan jodida? Qué injusto tener que pagar por los traumas que nuestros ancestros dejaron inconclusos, o por el daño que hicieron y que no repararon, o por tantas cosas más. Aún así nos quedamos con todo eso, a veces por amor, a veces por necesidad de pertenecer, a veces por seguridad o yo qué se que más. Cuando todos estamos en la misma posa de lodo y nadie osa salir, todos aprueban, es cómodo aunque apeste. ¿Qué pasa si me atrevo a salir? ¿Será que mis papás me seguirán viendo con amor o me rechazarán y castigarán? Todos en algún momento de nuestra vida adulta debemos enfrentar esta pregunta, ¿Me salgo y comienzo a caminar o me quedo en el pantano de los traumas y secretos familiares? Es una apuesta, un riesgo, una ruleta rusa. Solo que cuando se dispara la bala no nos morimos, solo mueren muchas cosas en nosotros que no nos dejan salir a la vida.

Por supuesto que no para todos es tan trágico, pero si para todos ocurre en menor o mayor medida. “Justos pagan por pecadores” hasta que los justos deciden sanar y resolver lo que sea que hayan hecho los pecadores. Sin odio sin resentimiento, sin por qués. Alli está lo difícil: soltar el odio y dejar de esperar resarcimiento por mis penas sufridas por culpa de otro(s). El Odio es como un ancla bien enterrada hasta el fondo del mar. Mi odio es oscuro, es denso, es feo y seductor a la vez. Porque finalmente me di cuenta que sí soy capaz de odiar, que en realidad odié bastante desde mi infancia, porque como todos, tuve traumas. Hubo en mi vida personas que me lastimaron cuando todavía era demasiado pequeña para defenderme o entender. Para sobrevivir enterré mi odio destrás de mi timidez, rebeldía e indiferencia. Me tomó varios años de escarbar para darme cuenta que estaba allí, bien presente en mi vida y en la de otros a mi alrededor, solo que no lo quería ver porque era ver mi propia sombra. La temida Sombra de la que habla Jung.

Claro, el amor cuesta más que el odio, porque para amar o sentir compasión por ciertas personas hay que atravesar el pantano a nado limpio. No, la orilla para salir no está cerca. Tuve una paciente una vez que una de las cosas que tuvo que resolver era que su mismísima madre trató de envenenarla varias veces. Su mamá trato de matarla, solo a ella, todos sus hermanos estaban a salvo. Y eso apenas fue una de las cosas que le hizo. ¿Cómo puede esta persona no odiar a su madre? no hablo de amarla, solo de no odiarla. Muchos crecimos con el mandato “honrarás a padre y madre”, en Constelaciones Familiares nos lo dicen también. Sin embargo me ha tomado un tiempo darme cuenta que honrarlos, amarlos por darnos la vida o sentir compasión por ellos y su sufrimiento, no significa vivir metidos en su casa o aceptar que nos traten de matar. Y eso que mis padres, a pesar de sus errores, sí supieron amar.

Cuando viene el sufrimiento lo primero que nos sale es odio, sed de venganza, resentimiento, paranoia y algunas cosas más. Cuando pasa un atentado como los de Francia o el Medio Oriente, nuestro primer reflejo es maldecir, desear que esos desgraciados que hicieron daño y mataron tanta gente se pudran en el infierno. Odio, odio, odio. No digamos cuando es algo personal, cuando nos tocan a nuestras familias, a nuestros hijos, a nosotros mismos. Cuando un familiar abusa sexualmente, cuando la pareja golpea, cuando un padre abandona, etc. Y si encima nos enteramos que estábamos condicionados por el pasado de alguien más que no se hizo cargo, ¿no tenemos todo el derecho de odiar?

Tenemos la libertad de odiar, que es más fácil, más rápido, más seductor. Cuando decidimos amar, el camino es largo, porque sentir compasión por un asesino no es fácil. ¿Qué pasaría si en vez de responder con odio, respondiéramos con amor y las emociones que vienen del amor? ¿Qué pasaría si a la gente que hizo tanto daño le deseáramos amor incondicional, que pudieran encontrar la compasión y la empatía en sus corazones?  Nuestras intenciones son poderosas, y nuestros deseos y creencias van dictando nuestro camino. Decidamos amar más y odiar menos. El camino es difícil, a veces doloroso, pero el Amor siempre vale la pena.

 

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