¿Por qué si nos amamos, nos torturamos?

Cuando era pequeña, pasaba mucho tiempo en la casa de mis abuelos maternos. Era una casa como de finca con mucho espacio abierto, árboles, tierra, sapos, dulces y un chicote (látigo) trenzado de cuero colgado atrás de la puerta del comedor. Largo y de color café claro, siempre me dio un poquito de miedo. No teníamos permitido tocarlo aunque imagino que un golpe con ese chicote ardería muchísimo. Nunca se movió de allí, era como un testigo silencioso de nuestras travesuras y juegos. era como un viejo rudo que ya está demasiado cansado como para corregir y solo está allí, pálido, viendo los días pasar.

Sé que no siempre fue tan pasivo. Por las pocas historias que cuenta mi mamá, sirvió más de una vez para escarmentar e incluso corregir niños malcriados, desobedientes o inoportunos. Un chicote de caballo para pegarle a los niños. Imagino que ya solo el hecho de que estuviera colgado allí o colgado alrededor del cuello del adulto enojado, puede causar muchas cosas en la mente de un niño pequeño, que no osa levantar las manos para defenderse.

Así crecieron mis papás y muchos otros papás de esa generación. Así o peor crecieron sus papás. ¿Entonces qué podía yo esperar? Crecieron aprendiendo que por amor se pega, se grita, se quiebra el espíritu rebelde y aventurero de los niños. Que por amor debemos hacer daño, que es la única manera de corregir y dar las herramientas para la vida que va a ser inevitablemente dolorosa. Es casi como decir: “mejor te hago daño yo que te amo, porque de todas formas alguien más lo va a hacer”. Lo malo es que después cuando lo repetimos con alguien más,  cuando elegimos estar con alguien que nos lastima porque nos ama, o cuando lastimamos por amor, duele el doble. Duele más del doble, porque se junta el dolor de antes con el de ahora y así nunca salimos de allí.

Luego vienen las relaciones de pareja, donde mi media naranja tiene su propia historia de golpes, confusión, apego desorganizado, abandono y yo que sé que más. Yo llego a la relación con mi maleta llena y él con la suya. Hay cosas buenas allí adentro, pero también mucha ropa sucia. Al final todo se apesta porque viene revuelto. Venimos llenos de proyecciones, de traumas no resueltos, de certezas y de inseguridades, como todos. Todos llegamos a una relación de pareja a repetir nuestra historia no resuelta en mayor o menor medida. A veces vamos superando, sanando, sorteando, a veces nos vamos confundiendo mutuamente con el pasado y nos hacemos daño.

El problema no es la falta de amor, el problema es el exceso de trauma.

Con mi primer matrimonio si me metí de cabeza a repetir mil cosas. Me parece que no nos veíamos, más bien cada uno miraba en el otro sus propios temas no resueltos. Puedo decir con honestidad que en ese caso, él más que yo. Al menos tuve la claridad mental de buscar ayuda, trabajar en mi misma y aprender de tanto problema, lavar y desechar mucha ropa de mi maleta. Lo difícil fue que él no quizo abrir la suya y ver qué había dentro. Me encontré sola queriendo remendar una relación que es de dos y eso eventualmente deja de funcionar. Tengo claro hoy que él no quizo y tampoco pudo.

Esta es la historia de muchos, para nada es algo especial o exclusivo en mi vida. Crecemos condicionado por lo que aprendemos en la infancia, condenados a repetirlo, por repetición u oposición, es decir, igual o al revés. Al final es lo mismo. Hasta que de repente un día despertamos, nos damos cuenta que estamos repitiendo lo mismo de lo que tanto estábamos uyendo. Para mi a veces ha sido de repente, como un guacalazo de agua fría que veo venir y por alguna razón no esquivo. Cuando me golpea lo reconozco pero igual me soprende. Otras veces es poco a poco, despacito como quitarse una curita que tiene tiempo de estar pegada en la piel, duele pero vamos despacio. Eso pasa más cuando alguien nos acompaña, alguien como un terapeuta que nos va a alumbrando el camino y soplando la herida cuando nos raspamos.

Como no elegimos a cualquier pareja, y nuestra elección no es casualidad, sus traumas se parecen a los nuestros, por eso es tan fácil confundir a la pareja con nuestros papá, mamá, abusador, hermano, todos juntos y se vuelve un verdadero caos. ¿Cómo no va a ser demasiado que me grite, o que me haga caras, o que no me sirva mi café caliente, o deje su toalla mojada de mi lado de la cama, si es mucho más que eso? y allí nos hacemos daño, a pesar del amor que podamos sentir por el otro. Cuando hay trauma el amor pierde fuerza y deja de ser suficiente.

Algunas personas despiertan y deciden dejar esas cadenas familiares y personales. Cuando eso pasa a veces nos vemos atrapados en las repeticiones de otro y eso nos daña. ¿Será que esto nunca termina? Al menos si nosotros hemos desatado nuestros nudos, podemos enfrentar mejor esas situaciones, y el daño ya no es devastador. Me parece que para eso estamos en esta vida, o al menos es una de las razones. Para aprender y sanar, aprender y sanar. Tal vez nuestros hijos tengan mejores opciones si lo logramos aunque sea un poco.

 

 

 

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