Maldita Rabia

Si… esa misma, que de vez en cuando nos ataca, a veces desprevenidos y no nos da tiempo reaccionar. La conozco bien, me ha asechado por muchos años, a veces para bien, a veces para muy mal. A veces he logrado aprender algo, a veces solo me dejó agotada con ganas de no hacer nada más que meterme en una cueva y dormir. Pareciera algo muy primitivo que surge de las tripas, de las entrañas, como un rugido de león herido que solamente quiere  atacar.

Esta Maldita Rabia, muchas veces la vi con sus garras y su furia en mi infancia. Antes era más socialmente aceptada en los padres cuando montaban en ira por alguna travesura de los niños. Y entonces yo, que era excesivamente inquieta y perdía mi lonchera, rompía mis lentes que mis papás tanto trabajaban por comprarme, quebraba los jarrones de la casa por andar corriendo sin ver a dónde, o me agarraba del pelo con mis hermanos por cualquier tontería, hacía despertar al monstruo dormido, a esa ira, rabia desbordada y venían los cinchazos y los regaños a grito pelado sin decir realmente nada que me hiciera pensar en lo que había hecho, que al final no era tan grave. Nunca fue tan grave.

Con el paso del tiempo nuestra bestia fue despertando y aprendiendo. Digo nuestra porque muy bien aprendimos mis hermanos y yo a perdernos en el laberinto de la Rabia y a abandonar todo juicio cuando aparecía. Hay cierto placer en el descontrol, en esa entrega absoluta a ese monstruo despiadado, y nos íbamos fácil a los gritos y a los golpes. después venía el llanto y el inevitable agotamiento. Conforme fui creciendo tomó forma más de fantasía que de acción, y la fui reprimiendo y encerrando por allí en algún rincón de mi psique, o más bien de mi cuerpo. Pues claro, si ya siendo adolescente o adulto no es correcto entregarse completamente a esta Maldita Rabia que está cada vez más arraigada. Lo paradójico es que de los adultos la aprendemos… Enfin, allí ha estado, allí estuvo mucho tiempo. Como ya no podía gritar y pegar, me daban migrañas y otras cosas “quien sabe por qué”.

Como la seguía encontrando en mi camino, acechando, esperando, remontando de vez en cuando, la fui explorando en mis espacios terapéuticos. Resulta ser que esta bestia es increíblemente profunda, tiene nombres y apellidos, tiene vida en muchas generaciones y eventos míos y de otras personas en mi familia. Con cada generación se va volviendo más gorda, más peluda, más maldita, pero también mas triste, más paralizada, más desvalida y más agotada. No solo eso, también resulta que cuando logro sanar lo suficiente y quedarme solo con MI Maldita Rabia, puedo dejarla remontar cuando lo amerita, dejarla asomarse, mostrara sus colmillos y mandar a la mierda a quien se lo merezca… ¡con madurez y respeto claro está!

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